Una pregunta sin respuesta para tanto dolor

Guadalupe AmorAlepo, Mosul, Lesbos… Siria, Irak, Grecia… Y tantos otros lugares de dolor que suenan menos al no estar en las primeras páginas y las noticias de apertura. No sé cómo contarán todo eso en el futuro los libros de historia. Pero cada vez tengo más claro que nuestros nietos se peguntarán cómo fuimos capaces de no hacer prácticamente nada. Se preguntarán no ya el porqué de que los políticos y los poderosos permitieran tales barbaridades, tales sufrimientos, tales injusticias. Se preguntarán por qué tú, yo, y la gran mayoría de cada uno de nosotros y nosotras, seguimos con nuestra vida cotidiana mientras, eso sí, decíamos “qué barbaridad” antes las imágenes de la tele que estábamos viendo mientras nos levábamos a la boca el tenedor con la ensalada o el filete.

No sé. Sé que no son (somos) pocos los que andamos haciendo lo que buenamente está en nuestra mano hacer: que si una firma, que si una manifestación, que si un correr información en las redes sociales… Y sé, gracias a Dios, que por aquí y por allá hay un puñado de hombres y mujeres dándolo todo para rescatar a alguien, para intentar mantener en pie un hospital, para forzar una resolución política… Pero me sigo preguntando qué pasa con la mayoría, con este colectivo que formamos la familia humana de este Primer y Triste Mundo. Me pregunto cómo es que, no sé, no hayamos salido a la calle por millones paralizando todo hasta que se deje de verter sangre o no se nos haya atragantado a todos esa ensalada y hayamos colapsado los servicios médicos, o hayamos mandado a la porra tanta imbecilidad de si mi partido apoya o no apoya un nuevo gobierno y les hayamos dicho a todos esos memos que se dediquen a salvar las vidas de todos los que están muriendo sin tener que morir…

No sé, me hago esa pregunta. Y no tengo respuesta.

No me llames extranjero – Día Internacional del Migrante 2014

Día Internacional del Migrante 2014. Rafael Amor canta No me llames extranjero, en una grabación de 1977.

No me llames extranjero porque haya nacido lejos,
o por que tenga otro nombre la tierra de donde vengo.
No me llames extranjero porque fue distinto el seno
o por que acunó mi infancia otro idioma de los cuentos.
No me llames extranjero si en el amor de una madre
tuvimos la misma luz, en el canto y en el beso,
con que nos sueñan iguales las madres contra su pecho.

No me llames extranjero, ni pienses de donde vengo,
mejor saber donde vamos, a dónde nos lleva el tiempo.
No me llames extranjero porque tu pan y tu fuego
calman mi hambre y frío, y me cobije tu techo,
No me llames extranjero, tu trigo es como mi trigo,
yu mano como la mía, tu fuego como mi fuego,
y el hambre no avisa nunca, vive cambiando de dueño.

Y me llamas extranjero porque me trajo un camino,
porque nací en otro pueblo,
porque conozco otros mares, y zarpé un día de otro puerto,
si siempre quedan iguales en el adiós los pañuelos,
y las pupilas borrosas de los que dejamos lejos,
los amigos que nos nombran,
y son iguales los besos y el amor de la que sueña con el día del regreso.
No me llames extranjero, traemos el mismo grito,
el mismo cansancio viejo
que viene arrastrando el hombre desde el fondo de los tiempos,
cuando no existían fronteras,
antes que vinieran ellos, los que dividen y matan,
los que roban, los que mienten, los que venden nuestros sueños,
los que inventaron un día, esta palabra, extranjero.

No me llames extranjero, que es una palabra triste,
que es una palabra helada, huele a olvido y a destierro.
No me llames extranjero, mira tu niño y el mío
cómo corren de la mano hasta el final del sendero.
No los llames extranjeros, ellos no saben de idiomas,
de límites ni banderas: míralos, se van al cielo
por una risa paloma que los reúne en el vuelo.

No me llames extranjero, piensa en tu hermano y el mío,
el cuerpo lleno de balas besando de muerte el suelo.
Ellos no eran extranjeros, se conocían de siempre
por la libertad eterna e igual de libres murieron.
No me llames extranjero, mírame bien a los ojos,
mucho más allá del odio, del egoísmo y el miedo.
Y verás que soy un hombre, no puedo ser extranjero.

Embarrados

Copio esta muy interesante entrada del blog “14 kilómetros” (hace referencia a la distancia que separa la gran urbe madrileña de uno de los lugares más excluidos de España, la zona degradada de Cañada Real Gaiana, especialmente el poblado de El Gallinero), de Javier Baeza.

El pasado sábado tuve una experiencia muy particular.

Teníamos prevista la celebración de los derechos de los niños y niñas del poblado Rom del Gallinero. Las inclemencias meteoroembarrados 1lógicas hizo que se suspendiese la fiesta, retrasando su celebración. Una de las personas que había anunciado su participación fue D. Carlos Osoro, Arzobispo de Madrid. Tenía interés en conocer el poblado, a los vecinos, los pequeños y sus familias. Dicho interés se confirma con la llamada anoche, a través de un amigo común, insistiendo en la posibilidad de mantener la visita, aunque la fiesta estuviera temporalmente suspendida. Efectivamente quedamos, el sábado por la mañana y bajo un espectacular manto de agua nos dirigimos al poblado.

La visita apunta, cuanto menos, curiosa. Desde el primer saludo se impuso la confianza, tuteándonos mutuamente. En mi furgoneta viajan dos adolescentes rumanos que llevan la música rap a muy alto volumen. D. Carlos sube, junto al amigo común, su chófer y el cura Pepe en lo asientos traseros dejando que los adolescentes vayan delante de la furgoneta. La camaradería comienza a sentirse.

Llegamos al poblado. Jorge y Marta, dos almas fundamentales en la presencia y la vida de los ROM en el Gallinero, nos están esperando para acompañar la visita.

Tras explicarle el número de familias y pequeños que habitan el poblado, comenzamos, amparados bajo los paraguas, la visita a las familias. Entramos en alguna casa. Saluda, acaricia y pregunta a los más pequeños que vamos encontrando en el paseo. Conocer la realidad en la que viven estas familias, el desprecio con que se les trata desde la Administración, los intereses con que se acercan oeneges, activistas y otros colectivos donde priman los programas y modos preconcebidos a los modos y maneras de los habitantes… hace que D. Carlos se embarrados 2lleve un chorreo de información y denuncia que la lluvia que cae no despeja la perplejidad y dolor que refleja su rostro.

La dignidad que refleja el interior de las viviendas donde moran las familias rumanas contrasta con el exterior callejero donde los charcos hacen de hall de las viviendas y la ropa tendida empapada colorea la gris mañana. D. Carlos muestra estremecimiento y desconcierto por la realidad que la pobreza le presenta ante sus ojos. Sin embargo el respeto con que se refiere a las familias, la ausencia de juicio sobre sus vidas y la escucha atenta a lo que le vamos contando hace que D. Carlos se convierta no en un invitado de piedra, cuanto en alguien que en medio de este espacio de exclusión y dificultad, anima, fortalece y nos hace sentir más vivo el privilegio de compartir la vida con estas familias gitano rumanas.

La realidad, señala D. Carlos, hace que las valoraciones morales o los juicios sobre la vida de los otros haya de ser considerada, precisamente, desde lo que se vive no desde lo que definen doctrinas, tradiciones o ideologías del tipo que sea.

El paseo sigue por el poblado. El barro va cubriendo no sólo los zapatos de quienes andamos los caminos de tierra, sino que empapa todas aquellas seguridades que nuestra cómoda vida nos va brindando.

Las familias preguntan quiembarrados  3én es este señor que nos acompaña. El intento explicativo no resulta fácil. Otros jóvenes, cuyas ropas empapadas les cubre la cabeza, dicen conocerle. “Es el papa”, se chilla uno a otro. Más allá del parecido físico –que efectivamente los muchachos han acertado- esperamos que los mensajes que está lanzando el papa Francisco al mundo, sean tan acertados y evangélicos como los que esperamos de D. Carlos en esta nueva andadura por Madrid.

El abrazo de despedida, ya en la ciudad urbanizada y cosmopolita, hacen superar los malos tratos sentidos en otras épocas y acrecienta que este tiempo de espera que alumbramos sea signo de una Iglesia no al servicio de… cuanto en medio de la vida de los más desfavorecidos, viviendo con ellos y desde ellos.