Una pregunta sin respuesta para tanto dolor

Guadalupe AmorAlepo, Mosul, Lesbos… Siria, Irak, Grecia… Y tantos otros lugares de dolor que suenan menos al no estar en las primeras páginas y las noticias de apertura. No sé cómo contarán todo eso en el futuro los libros de historia. Pero cada vez tengo más claro que nuestros nietos se peguntarán cómo fuimos capaces de no hacer prácticamente nada. Se preguntarán no ya el porqué de que los políticos y los poderosos permitieran tales barbaridades, tales sufrimientos, tales injusticias. Se preguntarán por qué tú, yo, y la gran mayoría de cada uno de nosotros y nosotras, seguimos con nuestra vida cotidiana mientras, eso sí, decíamos “qué barbaridad” antes las imágenes de la tele que estábamos viendo mientras nos levábamos a la boca el tenedor con la ensalada o el filete.

No sé. Sé que no son (somos) pocos los que andamos haciendo lo que buenamente está en nuestra mano hacer: que si una firma, que si una manifestación, que si un correr información en las redes sociales… Y sé, gracias a Dios, que por aquí y por allá hay un puñado de hombres y mujeres dándolo todo para rescatar a alguien, para intentar mantener en pie un hospital, para forzar una resolución política… Pero me sigo preguntando qué pasa con la mayoría, con este colectivo que formamos la familia humana de este Primer y Triste Mundo. Me pregunto cómo es que, no sé, no hayamos salido a la calle por millones paralizando todo hasta que se deje de verter sangre o no se nos haya atragantado a todos esa ensalada y hayamos colapsado los servicios médicos, o hayamos mandado a la porra tanta imbecilidad de si mi partido apoya o no apoya un nuevo gobierno y les hayamos dicho a todos esos memos que se dediquen a salvar las vidas de todos los que están muriendo sin tener que morir…

No sé, me hago esa pregunta. Y no tengo respuesta.

Profesión religiosa

Recupero algo que escribí el pasado agosto. Estaba invitado a una profesión religiosa a la que, por razones varias, no podía acudir. Pero no quise que pasara el evento sin escribir a la interesada -y amiga- estas líneas. Aunque ya hace meses del tema, he recorsado este escrito hoy, que se celebra a Santa María Eugenia Milleret, fundadora de las religiosas donde se realizaba esta profesión.

Hola, Camino.

Como te decía en el whatsapp, siento no estar el 28 celebrando tu profesión por las razones que te explicaba.

Lo que sí es seguro es que ese día estaré ahí, aunque no físicamente. Como bien sabemos, el amor que nos une y por el que por ti, por mí, y por todos, se llegó a la sangre, es más fuerte que cualquier distancia. Y en ese amor, o mejor con mayúscula, Amor, en el que nos une no por amarnos nosotros, sino porque él nos amo primero, puedes contar de sobra con que te acompañaré en la Mesa grande de tu profesión.

Profesión ReligiosaNo voy a empezar a darte la vara con lo que habrás oído y meditado cien veces: lo de que es un paso importantísimo en tu vida, lo de que vas a comprometerte por entero, y todo eso de la entrega radical, el seguir más de cerca, el unirse más íntimamente al Señor, etc. Ojo, no voy a decir nada de eso no porque no sea cierto o esté en desacuerdo (habría mucho que hablar, y no es el momento), sino porque, ademas de que Sigue leyendo

Mi Miastenia Gravis, mi Poäng, y un yogur

Si alguien piensa que es imposible que se relacionen en cuestión de segundos la Miastenia Gravis, Ikea, un yogur líquido, y una película que echaban en la tele, que siga leyendo. Bienvenidos a… ¡cuando la miastenia gravis te ataca con un Poäng!

Sábado 6 de diciembre. 22.30. Madrid, mi casa, el salón para ser exactos. Cené hace rato y mi miastenia y yo nos Poanghemos sentado en un sillón Poang de Ikea (véase la foto, más fácil que decir esos nombres impronunciables) para ver un poco la tele mientras nos tomamos una taza de yogur líquido antes de ir despacito a acostarnos si es que las piernas responden.

El apacible escenario no revela la batalla que está a punto de librarse.

Y es que, de pronto y sin previo aviso, el venerable Poäng –digamos en su favor que tiene (bueno, tenía, snif) 10 años de duro trabajo dado lo poco apolíneo de mi barriga- empieza a crujir y chascarse con un ruido que no presagia nada bueno. Suena madera que se astilla y se quiebra. Empieza a desequilibrarse hacia atrás (si, hacia atrás, no quiere tirarme de culo, quiere tirarme de espaldas, efecto imprevisto de cómo se rompe este símil de mecedora).

Y en una fracción de segundo, todo mi ser se pone valientemente en estado de alerta (bueno, todo mi ser no, los músculos de las piernas siguen diciendo que pasan de todo). Y mi agudísima mente de héroe de cómic comprende tres cosas:

  1. ¡Jesús tenía razón!: “Velad y orad porque no sabéis ni el día ni la hora en que vendrá el Hijo del Hombre”, digooooo, perdón, la hora en que un mueble de madera, por muy ikeano que sea, va a decir que le ha llegado el momento de devolver su serrín a la Madre Tierra).
  2. Esto se está cayendo pa’trás. La postura final si no me incorporo en un santiamén va a ser la de un astronauta en el momento del despegue mirando al cielo. Con la diferencia de que yo no miraré al cielo sino al techo de mi casa (y volveré a pensar que un día esto habría que repintar). Y con la otra diferencia de que yo no llevo escafandra, sino un tazón de yogur, lo que le quita épica al asunto, maldita sea.
  3. Pero no todo está perdido. Aunque el casi imparable drama está ocurriendo a la velocidad con que desaparecen las galletas envueltas de chocolate de los surtidos Cuétara, el Poäng no se está rompiendo de golpe y porrazo. Tengo uno o dos segundos para levantarme. Llega el momento de convertir esta historia vergonzosa en un relato magnífico que pueda contar orgullosamente a la posteridad sin que se me cachondee el personal. Sólo hace falta taaan sencillo como que me incorpore y me levante antes de que esto se vaya del todo al carajo. Si fuera una historieta de Spiderman serían cuatro viñetas: dejar taza de yogur en mesa, poner pies en suelo, piernas elevan el cuerpo, quedo de pie mientras el sillón se desploma estrepitosa y fracasadament e vencido en su vil intento de asesinar al prota (la onomatopeya de ese ruido que la decida cada quien a su gusto).

Dicho y hecho. Bueno, corrijo porque cualquiera que sepa de la miastenia ya habrá pensado que lo de “dicho” vale, pero que lo de “hecho” seguro que no.

Evalúo rápidamente la posibilidad de salvar también la taza de yogur, pero con frialdad profesional de buen scout de toda la vida de dios decido que está perdido, que lo primero es lo primero (useasé, yo), y que momentos críticos requieren decisiones críticas. Abandono la taza a su suerte y me centro en mi propia subsistencia (aunque, para ser exactos, la taza logró sobrevivir después de rodar un buen rato por los suelos; bueno, y el yogur prácticamente también logró no derramarse de todo:  me cayó casi todo encima, asi que se salvó gacias a mí, ¡a mi!, ¡chúpate ésa, miastenia”; no, de eso no hay foto, no se hacen selfies con el pijama chorreando de yogur).

Llega la escena central. Mi cerebro ordena a mis músculos que, como un rayo, pongan los pies en el suelo (o eso, o lo que terminara en el suelo es mi cogote), y me impulsen suave pero decididamente hasta ponerme de pie, y dejen atrás en su caída libre al cada vez más destrozado Poäng.

Y en ese instante, en ese crítico instante, cuando ya parece que el Anillo Único va a ser vencido y burlado el poder del Señor de Los Ikeas, descubro que el Lado Oscuro de la Fuerza se ha confabulado una vez más contra este valeroso hobbit jedi. ¡Hay una alianza secreta e inesperada! La obsolescencia programada (por Ikea, por la madre naturaleza, por mi orondo físico, o por una conjunción astral de todo) se ha confabulado con mi miastenia gravis.

El resultado es que mientras Gollum-Poäng me arrastra en su caída, mis músculos miastenicosos dicen que tururú, que si la acetilcolina tal, que si las sinapsis cual, que si los anticuerpos lo otro, y que, en resumen, muy bonita la orden de ponerme de pie pero que no hay fuerzas, que ya les gustaría hacerlo pero que aquí falla algo, que no es por ná y que si hay que ir se va, pero que no va a ser hoy el caso, porque por una parte ya ves y por otra qué quieres que te diga, y que vas a terminar en el suelo con la misma certeza con la que una amiga mía dice en el coche allá por Medinacelli que sólo va a cerrar los ojos cinco minutitos y no despierta hasta Carabanchel (sí, el Alto, el de Manolito Gafotas).

Os ahorro los tristes detalles finales de la historia de este bravo y ya cansado guerrero que os escribe. No pienso autoflagelarme explicando qué se hace tirado en el suelo espatarrado hacia arriba, enredado en los restos de un 141206 Poang adios 03BlogPoäng (véase la foto de su cadáver), esperando a que la miastenia dé permiso para salir de ahí, y pensando si el yogur será bueno para el cuidado de la piel (si lo es la baba de caracol, di por supuesto que sí, aunque para otra vez mejor me lo aplico sin pijama y, además,  templadito y no recién sacado de la nevera). Como no me corría nadie (no, no me refiero a eso, malpensado, véanse acepciones 20 y 25 en el diccionario de la RAE, que sois unos incultos), esperé lo justo para poder levantarme tras unas cuantas filigranas propias de quienes nos cuesta levantarnos del suelo porque tras decir años y años que pesábamos ochenta y cuatro kilos y medio un día decidimos que ya había pasado mucho tiempo desde la última báscula, y resulto que pesábamos cien.

Eso sí, en la tele había empezado hace poco Million Dollar Baby. Vamos, que si de verdad quieres, puedes. Y que si la miastenia te da un puñetazo en los músculos voluntarios, más voluntario es el “músculo” de ponerle una sonrisa al asunto.